miércoles, 6 de febrero de 2013

El Museo reabre sus puertas (16)



El 27 de octubre de 1994, tal como había sido previsto, el Museo de Arte de Ciudad Bolívar en la Casa del Correo del Orinoco fue reabierto, como quien dice, con nuevo look, completamente renovado.
            Lo nuevo, lo novedoso y por demás interesante del museo recién abierto después de cuatro años sometido a trabajos de reacondicionamiento y nuevos espacios,  es la sección de cerámicas modernas (en la foto), aparte de la entrada dedicada al Orinoco, la sala de arte óptico y la Angostura a la luz de la Luna Llena de Domingo Álvarez.
            Cuando al entrar, nos sumergimos en el Orinoco de Miguel von Dangel y Oswaldo Vigas para emerger luego en la galería del patio coral,  colmado de esculturas (Funes, Narváez, Briceño, Barreto) y antiguos como descomunales tinajones, nos sorprende algo nuevo en el Museo de Arte de Ciudad Bolívar.  Algo nuevo, interesante, después de este prolongado receso que costó enderezar viejo entuertos de la primigenia hechura y restauración del inmueble.
            Algo nuevo es la sección de cerámica moderna venezolana para la cual vino casi al azar, sin tenerlo previsto, una introducción de cerámica primitiva, piezas importantes, producto de las donaciones espontáneas imposible de eludir en un museo, aunque no sea arqueológico.
            Tres vitrinas anteceden a la sección: la primera con un fragmento de la cultura barrancoide, que no puede ser directamente más alusiva a la propia Región de Guayana.  Luego un ejemplar extraordinario de la Venus de Tacarigua, proveniente de la zona arqueológica de Valencia, paradigma de la cultura precolombina venezolana, y al fondo, una selección de proyectiles  de piedra jaspe de Guayana.
            Para continuar el panorama introductorio, un Metate de Costa Rica, bellísima pieza labrada en piedra volcánica, donada por Sagrario Pérez Soto.  La Diosa de la Fecundidad, una figura de la cultura mexicana Nayarit y un fragmento de la cultura mesoamericana  (Nicaragua).  Debería estar aquí  una rarísima pieza hallada en el río Aro, única en Venezuela, un tapa-sexo de azabache de lo que usaron los grandes caciques.  Este tapa-sexo, lo mismo que otras obras de arte como la de Reverón, se halla en bóveda por cuestión de seguridad, previniéndose el Museo del hurto que ha afectado a más de 50 fragmentos de la cultura barrancoide.  La visión la complementan los Petroglifos del Caño Necuima, incluyendo el de la acera de la calle, para evitar que los viandantes descansen allí sus posaderas, restrieguen la suela del calzado  y coloquen sus desechables vasos de cerveza. 
            Guiados por Rafael Pineda, creador de este museo que ha venido desarrollando con asiduidad y laboriosidad de hormiga durante años, entramos en la sección de selección de obras, en excelente montaje, de los maestros actuales de la cerámica venezolana.  Cada pieza es en si misma más atractiva que la otra y combinado el montaje de manera tal que las obras pictóricas que la circundan adosadas a los muros,  no interfieran con el color de las piezas.
            Allí está, entre otros, Reyna Herrera, Anita Navarro, Nohemí Márquez, Mara Vitanza, Cheico Ogura (japonesa que vive en Venezuela), Anabella Shaefler, Josefina Álvarez, Belén Parada, Cándido Millán, Clara de Blanco, Carlota de Lozada, Marvelis Palacio,  Petrica Hot, Colette  Dorante, Alicia Benaruni, Mélida Ochoa, Diana Medina de Marturet, Ester Alzeibar, Tecla Toffano, Maruja Herrera, Ana Ávalo, Gisela Tello Mary Bellorín, Hilda Mendoza y Germán Carrera, quien trabaja con terracota que luego pinta ofreciendo imágenes mágicas como la de María Leonza allí expuesta, José Gregorio Hernández y El Dorado.  En fin, algo de legítimo orgullo  porque aparte del valor artístico en sí de esta sala, tiene un gran valor pedagógico.



lunes, 4 de febrero de 2013

Rafael Pineda y su Museo




Rafael Pineda solía recordar que en uno de los viajes de la campaña para la formación del Museo de Ciudad Bolívar, un periodista le preguntó en el Aeropuerto ¿Cómo se hacía un museo?  La respuesta le salió al rompe: “Pues con una caja de herramientas”.
            Ciertamente, el Museo es una obra hecha con todas las herramientas posibles, incluyendo las que uno jamás se imagina, capaces de incitar la buena suerte, suscitar la buena voluntad e imantar la generosidad de mecenas y artistas.  Todos ellos hicieron posible que lloviera donaciones sin tener espacios para depositarlas o exponerlas, por lo que hubo que habilitarse como Hogares de cuidado las casas de doña Mercedes de Natera, Andrés Ernesto Bello Bilancieri, y Rosario Agosto Méndez.
            La ciudad carecía de un museo y era la oportunidad.  El Museo Talavera, creada en 1941 al cumplir cien años la Catedral, por el obispo Miguel Antonio Mejía y el doctor José Gabriel Machado, había sido una hermosa realidad, pero fracasó de manera escandalosa, de modo que había que llenar el vacío y éste, evidentemente, empezó a llenarse  cuando el Maestro Jesús Soto tuvo la magnífica idea del Museo de Arte Moderno.  Entonces de esa manera se abrió una brecha que ha sido ampliándose con la creación del Museo de Ciudad Bolívar en la casa del Correo del Orinoco, el Museo de Geología y Minas de la UDO y el Museo Etnográfico que, a pesar de haber sido diseñado y dotado de la forma más exigente, viene funcionando un poco clandestino, seguramente por falta de una buena y sostenida promoción.
            Rafael Pineda (Rafael Ángel Díaz Sosa),  guasipatense desde el 17 de enero de 1926, poeta, ensayista, periodista, crítico, biógrafo, compilador y traductor, graduado de periodista en la Universidad Central de Venezuela, de literato en la Universidad de Carolina del Norte y de Historiador de Arte en el instituto Superior de Roma, Florencia, Venezia y Ravena, autor de cincuenta libros, es el padre de esta criatura llamado Museo de Ciudad Bolívar y a él le preguntamos si consideraba al museo su mejor obra.
            Pues bien.  Pineda no es de los que reducen lo que hayan podido hacer a una connotación particular, en este caso, al Museo.  Por el contrario, sostiene que todo cuanto a hecho, en realidad es una sola obra.  Todo forma un solo ensamblaje y siempre que hace algo, sobre ese algo converge toda la experiencia, todo el conocimiento de que se ha podido alimentar haciendo una y otra cosa.
            El Museo se reabrió con aportes importante del Gobierno regional y no se quedó allí para la mera contemplación.  La Dirección a cargo de Marlene Wulf elaboró una programación con énfasis en exposiciones, conferencia y elaboración de un buen catálogo con la colaboración del Conac.
            En busca de mayores espacios, a mediado de año y en dirección hacia esa necesidad, una representación del Conac y gobernación visitó las obras inconclusas del Centro de las Artes en la avenida 5 de julio.  Entonces se habló de un proyecto que nunca se concretó.
            Después de haber hecho una inversión tan grande allí, es doloroso que se pierda.  Claro que rematar una construcción de ese tipo cuesta hoy un ojo y parte de otro, pero de todas maneras hay allí unas bases para hacer un edificio de espanto.
            Junto a esto vino por suerte un decreto de protección al patrimonio, aprobado por el Congreso Nacional en 1998 y en él fue incluido el Museo de Ciudad Bolívar.  Con este decreto que Pineda saludó como bendito, creía que se solucionaría el problema de espacio que sufre el Museo para poder exhibir la totalidad de su patrimonio.  Pero ya vemos, ni siquiera el Gobierno dispone de recursos para corregir las goteras que inundan las salas en época de lluvia.
           

domingo, 3 de febrero de 2013

Robaron el crepúsculo de Pedro Ángel en el Museo del Orinoco




El “Museo del Orinoco”, como también se conoce el Museo de Arte de Ciudad Bolívar en la casa del Correo del Orinoco, fue objeto de robo en la madrugada del 5 de enero de 1996.
Tres obras de arte de conocidos artistas venezolanos fueron sustraídas del Museo por sujetos que presuntamente penetraron por el techo en horas avanzadas de la noche.  Según Rafael Pineda, las obras de arte corresponden a la siguiente descripción: Luís López Méndez “Desnudo”, óleo sobre tela 78 x 48, 1970; Pedro Ángel González “Crepúsculo de la sabana de San José. Caracas” y una escultura de bronce conformada por tres módulos denomina “La Ciudad”.
Luis Alfredo López Méndez nació en Caracas el 23 de noviembre de 1901. A la edad de once años lo inscriben en la Academia Nacional de Bellas Artes, justamente en el momento en que se va a constituir el Círculo de Bellas Artes. Atraído por las motivaciones del grupo, López Méndez se convierte en el "Benjamín del Círculo". Vivencia que le permitirá autoridad para escribir el libro El Círculo de Bellas Artes, Ediciones del diario El Nacional, 1977. Desde sus primeros tiempos se dedica al paisaje, recibiendo valiosos consejos de Mützner y Boggio. Realiza su primera exposición individual en la Escuela de Música y Declamación, 1919; y enseguida, por motivos políticos, se ve obligado a abandonar el país, iniciando un peregrinaje por Puerto Rico, Nueva York, México, La Habana, París y España. Trabaja como obrero, dibujante de modas, decorador y galerista, alternando con estudios pictóricos. Al final del largo régimen gomecista, regresa a Venezuela y se integra a la vida intelectual y cultural del país. Fue profesor de la Escuela de Artes Plásticas y Artes Aplicadas de Caracas, director de Cultura y Bellas Artes del Ministerio de Educación y en dos oportunidades director del Museo de Bellas Artes de Caracas (1939 / 1943 y 1946 / 1948, respectivamente). Fundó la Galería Greco, primer espacio galerístico comercial que se dedica a la promoción de la pintura venezolana. Fue diputado al Congreso Nacional y vicepresidente de la Cámara de Diputados. Principales exposiciones individuales: MBA, 1953, 1955; Sala Mendoza, 1961, 1965; Galería de Arte Moderno, 1963; Centro de Arte Alejandro Freites, 1978, 1981. Se hizo exposición antológica de su obra en la GAN, 1981. Entre las recompensas recibidas merecen mención el Premio Nacional de Pintura, 1943; Premio Antonio Herrera Toro, 1957; y en el 40° Aniversario de la Apertura del MBA recibió la Orden Andrés Bello en su primera clase, 1978.
En cuanto a Pedro Ángel González, nació en Santa Ana del Norte, estado Nueva Esparta, el 9 de setiembre de 1901. En 1916 vino a Caracas con una beca del gobierno regional e ingresó a la Academia de Bellas Artes de Caracas que dirigía el ingeniero Felipe Herrera Tovar. En 1921 entra en contacto con los integrantes del Círculo de Bellas Artes y comienza a adoptar el estilo de éstos. En 1926 decide abandonar la pintura para dedicarse a oficios prácticos como el de dibujante y diseñador en el taller de fotograbado del maestro Raúl Santana, antiguo miembro del
Círculo de Bellas Artes. No pasó mucho tiempo antes de que González volviera al arte. En 1936 reinicia su trabajo de pintor al tiempo que ingresa como profesor a la recién creada Escuela de Artes Plásticas y Artes Aplicadas de Caracas, donde funda el Taller de Artes Gráficas, el cual dirige por diecisiete años. En este plantel se consagró también a la docencia en pintura y dibujo, llegando a ser director de la institución entre 1959 y 1960. González dio muestras consecuentes de apertura y estímulo a las nuevas proposiciones de las jóvenes figuras de las artes plásticas nacionales. Fue miembro de la Junta de Conservación y Fomento del Museo de Bellas Artes de Caracas y jurado de selección y premiación del Salón Anual Oficial de Arte Venezolano, entre 1948 y 1968.

viernes, 1 de febrero de 2013

Primer Salón Talla del Azabache




En junio 2002 con auspicio de la Gobernación del Estado, el Museo de Ciudad Bolívar en la casa del Correo del Orinoco abrió el Primer Salón Venezolano de la Talla del Azabache con la participación de una buena gama de escultores nacionales y extranjeros.
            Para las piezas concursantes se estableció un formato mínimo de 10 centímetros y máximo de 20, y como temas la flora y la fauna de Venezuela.  Concurrieron 32 artistas, unos del Estado Bolívar y otros  formados en el taller de orfebrería de Alexis de la Sierra y en cursos de artes plásticas de Caracas.  Del conjunto sólo uno no fue aceptado por no llenar las condiciones requeridas.
            Actuaron como jurado los críticos Carlos Silva, Perán Erminy, Ion Pervilac y Rafael Pineda en calidad de curador. El primer premio a la pieza ganadora (en la foto),  fue otorgado a Liliana Benítez de Fernández; el segundo, a Haydee Pérez Criollo y Menciones Honorificas a Adolfo Calzadilla, Mayota Gómez, Olga Karschunon, William López y Ramón Morales Rossi.
            El año siguientes (2003), pero en el mes de septiembre, se realizó el II Salón Venezolano de la talla de Azabache, también auspiciado por la Gobernación del Estado con el siguiente catálogo de obras: “Nuestra Etnia sueña sobre el Orinoco, del artista Jesús Alcorser; “El Mulo Toribio” de José Arboleda Ruiz (Mención Honorífica);  “Negro y Blanco – Blanco y Negro”, de Liliam Benítez de Fernández (invitada de honor); “El Ángel de la Mujer” de Adolfo Calzadilla (Invitado de honor),  “Diosa del Orinoco”, de Alexis Campos (Mención Honorífica); “El Elefante de Maracay”, de Ángel Carrasco y “Avíspate Tío Tigre”, de Susana Gil (Mención Honorífica.
          El Gobierno regional, de otro signo, no quiso auspiciar el III Salón y es doloroso que así fuera porque el azabache o lignito asociado a la prehistoria de Guayana ha tenido a través del tiempo un significado artesanal y mágico de invocación maternal.
            Los guayaneses, desde tiempo inmemorial reconocen sus bondades como amuleto contra las malas energías.  Es una creencia ancestral extendida al Oriente y otras  partes de Venezuela.  
El azabache, variedad del lignito, es producto de la petrificación de varias maderas, entre ellas el Caramacate, que es de corazón muy oscuro. (Caramacate se llama el primer libro de Horacio Cabrera Sifontes).
Adolfo Calzadilla, tallador bolivarense y uno de los concursante premiados en el Salón abierto por el Museo de Ciudad Bolívar, considera que el azabache es un amuleto natural que no necesita ser rezado, para proteger a las personas, y que se utiliza para contrarrestar el mal de ojo que son energías negativas absorbidas por las mentes más débiles que son las de los niños.
Según Calzadilla, el arte de hacer creaciones con el azabache no es simple.  No significa tomar una parte de ese material fósil y utilizar algunos instrumentos para lograr elaborar los tradicionales puñitos, crucifijos u otro dije. Ser azabachero consiste, además, en profundizar los conocimientos sobre ese mineral.
El Azabache ha sido para él además de un material de expresión artística, un medio de vida que por otra parte identifica al estado Bolívar por tradición; por eso, cuando se habla de este fósil surge como referencia natural el Estado Bolívar, Río Negro, Amazonas.
En exploraciones realizadas por buzos en los ríos Orinoco y Negro se encontraron piezas utilitarias que dan cuenta del azabache como elemento cultural primitivo.
Calzadilla aprendió la técnica de labrar o modelar el Azabache, observando frecuente en Sabana Grande, Caracas, la habilidad manual con que algunos artesanos tallaban la madera.  Entonces se dijo por qué la madera y no el azabache e hizo el ensayo basado en el conocimiento que tenía del dibujo técnico.  Él concursó en el Primer Salón con “La Orquídea” que le mereció una Mención Honorífica.